Durante décadas se arrancó al toro de la vida cotidiana. No de golpe, sino con método. Se le fue empujando fuera del paisaje urbano, de la conversación social, de la educación sentimental de varias generaciones. El resultado es visible hoy: generaciones a las que se les robó el contacto directo con una realidad que formó parte natural de la cultura española. Por eso, recuperar espacios como la Real Venta de Antequera en Sevilla o la Venta del Batán en Madrid no es un ejercicio de nostalgia, sino una decisión cultural de primer orden.
La reciente presentación del proyecto de gestión de la plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla por parte de José María Garzón, empresario de Lances de Futuro, dejó una noticia que trasciende lo estrictamente taurino: la recuperación plena de la Real Venta de Antequera como espacio donde volverán a exponerse varias de las corridas de la Feria de Abril, cuarenta años después. Entre cinco y siete encierros volverán a ocupar unos corrales que fueron, durante décadas, la antesala natural del rito.
No es un detalle menor. La última vez que los corrales de la Real Venta de Antequera albergaron una corrida completa fue en 1987, cuando Juan Antonio Ruiz «Espartaco» lidió seis toros de Miura en solitario. Aquellos astados de Zahariche fueron los últimos en desembarcarse en ese lugar mítico antes de que el silencio se instalara durante más de tres décadas. Treinta y seis primaveras sin toros. Treinta y seis años de ausencia simbólica.
La Real Venta de Antequera no es un recinto más. Fue —y puede volver a ser— un lugar donde el toro convivía con la ciudad sin aspavientos ni consignas ideológicas. Allí el aficionado miraba al animal cara a cara, el curioso se acercaba sin prejuicios y el torero encontraba un territorio previo al compromiso definitivo. Fundada en 1916 por Carlos Antequera, mozo de espadas de Antonio Fuentes, se convirtió pronto en fonda de toreros, refugio de ganaderos y último umbral antes de la Maestranza.
Por sus patios pasaron generaciones enteras. Allí se fraguaron tertulias, se cruzaron intelectuales y toreros y hasta la Generación del 27 encontró cobijo para preparar el homenaje a Luis de Góngora impulsado por Ignacio Sánchez Mejías. (A quien Urtasun, el ministro de Cultura, qué cosas, quiere negar). Durante la Exposición Iberoamericana de 1929, la Venta alcanzó su edad de oro: pabellones bodegueros, corrales llenos, vida cultural y toro integrados con absoluta normalidad.
Después llegó el abandono. El silencio. El arrasamiento simbólico. Como ocurrió en tantos otros lugares donde el toro dejó de verse y, con ello, de entenderse. Hoy, la tarea emprendida por sus responsables va mucho más allá de la restauración arquitectónica:busca recomponer una relación rota. Volver a mostrar el toro antes de la lidia es una forma de pedagogía sin discurso, de cultura sin pancarta.
Y aquí aparece un elemento que multiplica el valor de estas recuperaciones: el regreso de la juventud a la tauromaquia. Un fenómeno que tiene un doble mérito incuestionable. Primero, porque se produce en una sociedad que ha hecho un esfuerzo sostenido —desde la política, la educación y determinados ámbitos culturales— por apartar al toro del imaginario colectivo. Y segundo, porque ese reencuentro no ha sido heredado, sino elegido.
Los jóvenes que hoy llenan plazas, que siguen a los toreros y que se acercan al toreo lo hacen sin haber conocido corrales en las ciudades, sin haber tenido al toro cerca, sin haber convivido con él como lo hicieron generaciones anteriores. Se han enamorado de algo que, en muchos casos, les fue ocultado. Eso convierte el fenómeno en una anomalía cultural… y en una victoria.
El contraste es evidente si se mira hacia Pamplona. Durante nueve días al año, el toro no es conflicto: es eje. Eje vital, emocional y económico. Vertebra la ciudad entera. No se esconde ni se disfraza. Está en la calle, en los corrales, en la conversación y en la memoria colectiva. Pamplona demuestra que cuando el toro se integra con normalidad, no divide: cohesiona.
Madrid empieza ahora a recorrer, con prudencia, pero determinación, un camino paralelo. De la mano de Miguel Martín, director de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid, y con la cesión por parte del Ayuntamiento de la Venta del Batán, se abre una etapa que busca devolver al espacio su esplendor histórico. Allí, donde actualmente se ubica la Escuela Taurina José Cubero «Yiyo», se está proyectando un plan de altos vuelos que incluye corrales, restauración, el uso de la plaza portátil y la posibilidad de volver a ver toros todo el año, y no solo durante San Isidro.
Queda camino por recorrer, porque así son los plazos de la administración, pero el proyecto avanza paso a paso. La idea es recuperar la vida del Batán como lugar de referencia, donde la formación de nuevos toreros conviva con la exposición del toro y la celebración de espectáculos y eventos. Que siempre que se visite el Batán haya toros a la vista, y que el espacio vuelva a ser vivido por la ciudad de la misma manera que lo fue en sus años de esplendor.
Antequera y el Batán no son excepciones románticas. Son símbolos de algo más profundo: la necesidad de devolver al toro los lugares donde fue normal. Porque quizá el mayor error de las últimas décadas no fue discutir la tauromaquia, sino expulsarla de la vida. Y ahora, cuando una generación joven la redescubre a pesar de todo, esos espacios se vuelven más necesarios que nunca.
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