La andanada cañí (segunda parte)

por | 15/06/2026

Resulta que me estrujo el caletre para hacer artículos serios, sensatos, profundos, trascendentes… y nadie hace ni caso. Pero el otro día publiqué un artículo entre costumbrista y humorístico sobre la andanada siete de la plaza de Madrid en los años ochenta, y a todo el mundo le ha encantado. Muchos amigos me han exhortado para que escriba una segunda parte, contando la vida y milagros del Frankenstein y los hermano Karamazov. Pues aquí la tienen. Los deseos de mis lectores son órdenes para mí.

En aquella andanada existía una rivalidad muy marcada entre los estudiantes y los jubilados. La verdad es que los jubilados solían tener razón, porque nosotros éramos insoportables. Con la insolencia de los pocos años, creíamos que lo sabíamos todo por leer todos los días las crónicas de Joaquín Vidal en el periódico “El País”. Lo protestábamos todo y amargábamos la tarde a aquellos abuelos. Ellos pedían todas las orejas, nosotros las protestábamos ruidosamente. Y así una tarde tras otra. 

Eso sí, había dos toreros a los que los abuelos no podían ni ver: Curro Romero y Rafael de Paula. Nosotros los defendíamos a muerte porque nos habían dicho que era de muy buen aficionado ser partidario de ellos. Pero los abuelos les negaban el pal y la sal, argumentando que no tenían un gramo de valor y que eran unos caraduras.

El más acérrimo detractor de los toreros artistas era “El Frankenstein”. Yo fui el que le puso el apodo porque se parecía mucho al personaje creado por Mary Shelley. Debía tener unos 65 años, era muy alto, muy feo, con la cara cuadrada, una enorme mandíbula y con el pelo cortado a cepillo. Además, parecía estar hecho a trozos. Sólo le faltaba un tornillo en cada sien para ser igual que el célebre monstruo. Su acento era extremeño y hablaba a voces. Era el típico aficionado que radia la corrida a los de su alrededor. Entre el tercer y cuarto toro, sacaba un bocadillo descomunal, que abarcaba una barra entera de pan. Se lo zampaba de tres mordiscos y sin invitar. Era amigo de las palabras gruesas y los comentarios zafios. Pero si normalmente era un coñazo, cuando toreaba Curro aquello era indescriptible. Se pasaba la tarde insultándole.

El día 26 de mayo de 1982, Curro Romero ordenó a su picador Diego Mazo, que masacrara un toro. Llegó a salir hasta el centro de la plaza barrenándole. El ruedo se llenó de orinales y rollos de papel higiénico, la bronca era ensordecedora. Y entonces gritó Frankenstein: ¡hijo de putaaaaaaaaaaaa!, poniendo mucho énfasis en la a final.

Su dentadura postiza salió disparada, cayendo entre dos estudiantillas, que dieron un salto haciendo aspavientos de asco. ¡Perdón, perdón!, balbuceó Frankenstein mientras sacaba un pañuelo y recogía con él su dentadura rota, que guardó en un bolsillo de la chaqueta. Mientras tanto, a nuestro amigo Juan, currista de pro, le dio un ataque de risa que le duró toda la tarde.

Durante los días siguientes, el Frankenstein estuvo más callado que un muerto, y entre el tercer y cuarto toro, sacó un sándwich, de pan de molde muy blandito, lo único que podía deglutir. Recuerdo que el día uno de junio, momentos antes de comenzar “la corrida del siglo”, la de aquellos victorinos estoqueados por Ruiz Miguel, Esplá y Palomar, apareció el Frankenstein en la andanada. Entonces Juan, el Castizo, le preguntó con guasa.

  • ¿Qué? ¿Seguimos afónicos?

La carcajada fue general. A pesar de sus excesos, el Frankenstein no era mala gente. Y años después, cuando me veía por los pasillos de la plaza, me daba unos abrazos muy efusivos. Eso sí, había que andarse con cuidado porque de lo bruto que era, podía partirte un par de costillas. Hace mucho que no sé de él. Supongo que llevará fallecido muchos años.

Los hermanos Karamazov, eran hermanos efectivamente, pero nada tenían que ver con los personajes de la novela de Fiodor Dostoyevski. Fue Juan, el Castizo, quien les puso el apodo. No estaban en sus cabales. Tenían la cara alargada y llena de acné, los ojos muy pequeños y los dientes muy separados. Saltaba a la vista que algo les pasaba, era evidente que tenían un cable pelado. Uno debía tener unos dieciséis años y el otro catorce. Querían ser toreros, pero sorprendentemente participaban en nuestras protestas, a las que jamás se sumaban los alumnos de la Escuela de Tauromaquia por motivos lógicos y evidentes. Al más mayor le vi una vez matar un becerro en Coslada unos años después. Aunque sería mejor decir que le vi asesinar un becerro, tal fue el número de pinchazos y golpes de verduguillo que le propinó.

En ese entonces las corridas en Madrid eran interminables. Los toros se caían muchísimo y tenían que salir muchos sobreros. No era infrecuente salir de allí a las diez de la noche. Cuando empezaba el baile de sobreros y el final de la corrida se retrasaba, los hermanos Karamazov empezaban a ponerse nerviosos.

  • Oye vámonos ya, que la mama lleva cuatro horas en el balcón.

Y efectivamente, se marchaban sin esperar a que la corrida acabase. Me parece que eran de Mejorada del Campo, un pueblo a unos 30 kilómetros de Madrid. Eran hijos de una pobre viuda que debía tener todavía menos luces que ellos. Cuando le pedían dinero para los toros, ella se negaba rotundamente a dárselo. Entonces le decían:

  • Mama, que el gato ha vuelto a subirse al tejado.

La pobre mujer salía al balcón para intentar bajar al gato del tejado y entonces la dejaban encerrada en el balcón, la saqueaban el monedero y ¡a los toros! Así un día tras otro, la pobre mujer no aprendía, tal era su ingenuidad. Recuerdo también de los Karamazov que fumaban como carreteros siendo todavía menores de edad, y tenían una enorme querencia por las revistas de porno duro, que llevaban debajo del brazo como muchos otros llevaban el Marca o el As.

Pero sin duda, el gran protagonista en la Andanada siete era Juan, El Castizo, pero sus prodigios fueron tantos, que de él tendré que escribir un libro.

Telegram
WhatsApp
Instagram
LinkedIn
Share
Copy link
¡La URL se ha copiado correctamente!

Artículos recomendados

Juventud divino tesoro

Juventud divino tesoro

Los aficionados a los toros que fueron jóvenes durante la Edad de Oro, en su vejez todos coincidían en que los años de Joselito y Belmonte fueron los mejores de toda la Historia del Toreo....

El mejor de todos los Morantes

El mejor de todos los Morantes

Hay toreros que marcan una época y otros que, sencillamente, la trascienden. La historia del toreo está llena de figuras inmensas, de artistas irrepetibles y de lidiadores capaces de cambiar el...

Telegram
WhatsApp
Instagram
LinkedIn
Share
Copy link
¡La URL se ha copiado correctamente!