José María Garzón, lances del presente

por | 05/01/2026

En la persona de José María Garzón Mergelina (Sevilla, 1973) cobra sentido la frase aquella de que “la suerte hay que buscarla”. O si lo prefieren, hay que estar preparado para cuando llame a tu puerta. 

Atendiendo al cálculo de probabilidades lo más difícil es acertar el euromillón, pero ya detrás viene lo que le ha pasado al dueño de Lances de Futuro: estar en el lugar adecuado en el momento justo cuando alguien ha sido tan obtuso a la par que endiosado de hincharle las pelotas a los maestrantes, hasta el punto de que éstos hayan roto el vínculo casi centenario que les unía con su familia (política) y en la que él representaba el último y áspero eslabón. Me refiero al ensoberbecido Ramón Valencia, pues mientras cavaba su propia tumba, resulta que Garzón acumulaba méritos de sobra para posicionarse como candidato ideal para el relevo. Y así fueron las cosas, matillas de mis culpas, ramones de mis entrañas…

Desde mi punto de vista, lo más bonito es que la decisión de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla ha respondido exclusivamente a eso que llaman meritocracia. Por ejemplo en el periodismo (y así está el periodismo) el trepa de turno consigue mucho más que el profesional con talento, y casi podría asegurarles que semejante lacra permanece enquistada en casi todos los órdenes de la vida. Pero aquí no: Garzón jamás se postuló como futurible, no movió sus hilos, habló y actuó con prudencia, sabiendo estar, y aguardando con la ilusión de un niño a ver si venían los Reyes Magos. Cuando llegaron cuenta él mismo que rompió a llorar. 

Las medidas que José María Garzón tiene en mente supondrán un riesgo a corto plazo, quizá que en vez de ganar dos, gane uno. Hablo en millones de euros porque esta plaza es una mina, pero seamos francos. ¿No hubiese firmado cualquier loquito del toreo regentar por una vez en su vida la Maestranza a cambio de una soldada mensual de diez mil euritos? Si se gana menos se dará por bien empleado pues el nuevo empresario de Sevilla tiene la obligación de marcar la diferencia, de demostrar con hechos que, en efecto, éste era el sueño de su vida, que la Maestranza merece un apasionado de la Fiesta, no un mercader quejoso. Su antecesor desempeñaba el cargo con la corrección y tristeza de un funcionario, pero a José María se le pide otra cosa, la audacia de los valientes, una alegría que no da el dinero.

Porque he aquí la expresión que define al personaje: “loquito del toreo”. Loquito como sus hermanos Luis y Antonio, y loquito como lo eran sus padres, fallecidos en accidente de tráfico cuando, con sus cuatro hijos preadolescentes, se dirigían a un tentadero hace ya cuarenta años. Los niños se agarraron a la fe para comprender lo incomprensible, y mantuvieron su pasión por el toro pese a la tragedia.

El currículum empresarial de Garzón tiene las luces y las sombras propias de una trayectoria dilatada desde que clavó su primera plaza portátil en Villanueva del Rosario, pero que se sepa, ninguna golfería. Y, además, el descontento que su gestión haya podido generar en momentos puntuales no pesa más que sus logros. Éstos incluyen la recuperación de plazas moribundas; la consolidación de ferias de relevancia; la profusión de altos culturales; las políticas de precios pensando en la juventud; y el perfil bajo de sus declaraciones. Esto no es que sea necesariamente una virtud, pero del empresario de Sevilla se esperan también modales, morderse la lengua antes de lanzar un exabrupto. 

Motivos ha tenido para lo contrario, e incluso para llevar a juicio a alguno de sus colegas. Por ejemplo, tuvo la posibilidad histórica de haber sentado en el banquillo de los acusados a empresarios taurinos y miembros de partidos animalistas, pues unos y otros le acusaron de atentar contra la salud pública cuando dio toros en El Puerto de Santa María en la época del COVID. 

Pero Garzón no quiso ni hablar. Simplemente, los hechos le fueron dando la razón, exactamente igual que cuando el año pasado, los matillas y ramones de mis lamentos le acusaron de falsificar una firma para así sumar puntos en el concurso de Santander, que por supuesto ganó por goleada. Yo les avisé, perdonen la inmodestia, de que no había “caso Santander” sino “caso Sevilla”, y el tiempo ha puesto a cada uno en su sitio. Incluida la calle. 

Sólo por cómo han querido ensuciar su nombre me alegro de todo lo bueno que le ha pasado, pero transcurrido el siempre empalagoso periodo de las felicitaciones ahora llega el momento de la verdad. Además del futuro, buena parte del presente de la Fiesta está en sus manos. Y no hay tiempo ni para los cien días de gracia.  

Etiquetas:
Álvaro Acevedo Jose María Garzón
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