El Goya del documental de Roca, sin Roca (y con Urtasun) 

por | 02/03/2026

No era fácil. Ni el tiempo era el propicio ni el terreno estaba abonado para ello. En una época dominada por el discurso único, por la corrección política elevada a dogma y por una cultura audiovisual cada vez más domesticada, Tardes de soledad, el documental de Albert Serra, ha conseguido abrirse paso donde casi nadie esperaba que lo hiciera. Desde la Concha de Oro de San Sebastián hasta ganar el Goya delante de Pedro Sánchez y Urtasun, casi nada. Eso sí, lo ha hecho desde la incomodidad, desde la aspereza y desde una crudeza que no pide perdón por la que hemos tenido que pasar los que amamos la Tauromaquia. 

Serra, cineasta ajeno al mundo taurino y deliberadamente distante de cualquier militancia taurina, se adentra en este espectáculo a través de la figura de Andrés Roca Rey. Y lo hace sin filtros, sin pedagogía y sin voluntad de agradar. Hay planos excesivamente cercanos, reiterados hasta la extenuación, que se recrean en la muerte del animal hasta lo agónico e innecesario (incluso para los que estamos muy convencidos). Vemos muertes y más muertes, sin justificar. Hay momentos duros, incluso desagradables de ver. El espectador no encuentra refugio ni alivio estético. Serra no suaviza nada. Es más, lo potencia. Insiste, golpea y obliga a mirar. Como si en una guerra te mostraran hasta el último detalle, el primer plano y a cámara lenta de la esencia más dolorosa. Eso sí, sobre todo del animal.  

Pero, paradójicamente, es ahí donde la película gana su partida más importante. Porque, por encima de los excesos formales del cineasta catalán, se impone la fuerza de una verdad que atraviesa la pantalla. Y poniéndonos en la peor de las situaciones, enseñándolo todo con saña, cuando la tauromaquia aparece desnuda, sin coartadas culturales ni discursos defensivos, la verdad —incómoda, áspera, real— acaba teniendo más peso que cualquier intención autoral. 

La historia de Roca Rey es el eje emocional del film. Y su generosidad resulta apabullante. El torero se expone como pocas veces se ha visto en el cine: vulnerable, exigido hasta el límite, solo frente al miedo, la responsabilidad y la muerte. No hay épica impostada ni heroísmo impostor. Hay soledad. Y tardes largas, densas, en las que el triunfo y el fracaso conviven separados por un hilo invisible. 

Que esta película haya llegado hasta aquí dice mucho del momento cultural que atraviesa España. Tardes de soledad ha sido reconocida por la industria cinematográfica y entre otras condecoraciones con un Goya, un hecho impensable hace apenas unos años para una obra de estas características. No es solo un éxito artístico: es una grieta en un relato oficial que durante demasiado tiempo ha preferido mirar hacia otro lado. 

No es casual que haya tenido que venir alguien de fuera del sector taurino para contar esta historia con semejante impacto. Serra no defiende la tauromaquia ni la condena. La muestra. Y esa distancia, esa mirada ajena a los códigos internos, ha sido clave para que la película pueda conectar más allá del debate identitario y liberarse de prejuicios. 

En tiempos de relatos prefabricados, Tardes de soledad demuestra que la verdad, cuando se muestra sin anestesia, todavía tiene la capacidad de ganar batallas culturales. Aunque duela. Aunque moleste. Aunque incomode. 

Eso sí, solo siendo obra de alguien de fuera y que sigue manteniendo la dualidad entre sí y el no con la tauromaquia es posible transitar este camino de éxito. Esa doble vertiente. Ese sí, pero no. Decir, pero sin mojarse. Beneficiarse sin posicionarse. Es por eso que a pesar de la gran trayectoria del trabajo el cuerpo se queda raro. Un Goya al documental de Roca Rey (Generosidad). Sin Roca Rey. Y con Urtasun. Un escalofrío. 

Etiquetas:
cine Roca Rey Tardes de Soledad Tauromaquia
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