Debo confesar que me encanta pasearme por el sur de Francia, por la Francia taurina. Ver toros en los coliseos romanos de Arles y Nimes es toda una experiencia. Se trata de dos edificios romanos de belleza deslumbrante, convertidos en coso taurino. Lo cierto es que no se les puede dar mejor uso. Los encantos de la Provenza, convierten el viaje al sureste de Francia en una delicia. Pero también me gusta mucho asistir a las plazas del suroeste: Bayona, Mont de Marsan y Dax. Ahora mismo esta última feria es todo un referente porque representa un buen equilibrio entre la seriedad del toro y el interés de los carteles de toreros.
Pero sin duda, lo mejor de Francia son sus aficionados. La entrega y el compromiso con la Fiesta que derrochan, es encomiable. Los aficionados españoles tenemos mucho que aprender de ellos. Están muy bien organizados, y su capacidad de influencia y presión para con los políticos, ya la quisiéramos en España. Todos los políticos (da igual el partido) de las zonas taurinas de Francia, respetan la Fiesta por temor a una afición tenaz, influyente y bien organizada. Esta circunstancia ha hecho que no hayan prosperado las iniciativas antitaurinas en el Parlamento de París, porque los políticos procedentes de los departamentos taurinos, las han echado abajo sin miramientos. Y eso mismo ha sucedido en el Parlamento Europeo. Mientras los eurodiputados españoles y portugueses, pegaban el culo a las tablas dispuestos a chaquetear, fueron lo eurodiputados franceses los que defendieron la Fiesta con ahínco, impidiendo que la Unión Europea tomara ninguna medida contraria a la Tauromaquia. El sur de Francia ha sido, y es, el gran valladar de defensa de la Fiesta en Europa.
También hay que resaltar la actividad de las comisiones taurinas municipales. En muchos lugares de Francia, una comisión de aficionados locales es la que decide qué ganaderías y qué toreros deben ser contratados en la feria de su localidad. Esta influencia es tremendamente beneficiosa, porque se impone el deseo del aficionado y no los intereses de los taurinos profesionales, como suele suceder en España. Y mientras que en Dax se decantan por el lujo; en Ceret y Vic Fezensac, por las ganaderías más toristas. Esto hace que en Francia la oferta sea más variada y original que en España. El aficionado francés tiene a su alcance desde carteles rematadísimos en Dax, hasta corridas durísimas en Vic. Los cambios de cromos; el sota, caballo y rey, de las ferias españolas, no se producen en las ferias francesas en las que mandan los aficionados.
El aficionado francés tiene un constante deseo de aprender que es encomiable. Muchos aprenden nuestra lengua para poder venir a España, y leer libros en español. Son grandes lectores de libros taurinos. Esta actitud de aprendizaje permanente, contrasta con el hermeneutismo estúpido de muchos aficionados y profesionales españoles, que se vanaglorian de no haber leído nunca un libro y presumen de saberlo todo. La ignorancia es así de atrevida. También me gusta la apertura mental del aficionado francés, siempre dispuesta a valorar otras opiniones y otros puntos de vista, lejos del dogmatismo y la cerrazón de muchos aficionados de por aquí. Por supuesto estoy hablando en general, porque luego hay muchas excepciones a ambos lados de los pirineos, pero el aficionado francés en general es más leído que el español y menos dogmático. Hablo de aficionados, no de público masivo, naturalmente. En todas partes, el público masivo siempre es ingenuo y bienintencionado, y así debe seguir.
Para terminar de pintar al aficionado francés, diríamos que le cuesta conmoverse. Suele ser más reflexivo que pasional. Es muy cartesiano, lo cual es lógico en el país de René Descartes y la Ilustración. Valora con precisión todo lo referido a la buena lidia, a la que da mucha más importancia que el aficionado español. Pero cuando surge el pellizco del buen toreo, a veces no lo capta. Lo capta a posteriori, mientras que el aficionado mexicano o sevillano, se levanta como un resorte en cuanto el torero da un buen lance o un buen muletazo. El aficionado francés suele ser más reflexivo que visceral. Pero como ya he dicho, es un aficionado ejemplar.
Quizá la Edad de Oro de la Fiesta en Francia, fueron los años ochenta y noventa del siglo pasado. Los aficionados españoles siempre habían ignorado a la Francia taurina. Pero en esos años todo el mundo miró a Nimes con admiración, ya que ofrecía los mejores carteles del mundo, incluso por delante de los de Madrid o Sevilla. El franco era una moneda muy potente en relación a la peseta, y eso les daba una situación de ventaja, pudiendo comprar los mejores toros y contratar a los mejores toreros. En este sentido, la llegada del euro ha quitado poder a las ferias francesas. Por otro lado, los malos usos y abusos del mundillo taurino español, han penetrado también allende los Pirineos. Y las plazas que han caído en una gestión “a la española” ofrecen el mismo producto aburrido y previsible que aquí conocemos tan de cerca. Y es que en esta vida nada es perfecto.
Pero a pesar de todo esto, la afición francesa sigue siendo ejemplar, y constituye un verdadero placer ver toros en Francia. Como dijo Víctor Hugo, ¡Hay Francia, qué triste estaría el mundo sin ti!

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