En recuerdo de Rodolfo Rodríguez “El Pana”

por | 06/05/2026

El uno de mayo de 2016, hace ahora diez años, Rodolfo Rodríguez “El Pana” toreaba en la plaza mexicana de Ciudad Lerdo. Un toro de nombre de “Pan Francés”, de la ganadería de Guanamé, le cogió brutalmente, provocándole una tetraplejia. A resultas de tan tremenda cogida, el Pana murió el siguiente dos de junio. La noticia me llenó de disgusto, porque tuve una buena relación con él mientras estuvo en España. Yo por aquél entonces trabajaba en San Sebastián de los Reyes, y el Pana vivía precisamente en esa localidad madrileña. Muchas tardes vino a verme a mi despacho, y a mí me encantaba, porque daba gusto charlar con él de toros. Y de la vida. Mis subordinados siempre contemplaron a aquel hombre que venía a visitarme con total indiferencia. Tampoco yo quise explicarles de quién se trataba ¿para qué? si ninguno era aficionado.

Descubrí al Pana a través de la televisión, la noche del siete de enero de 2007. Por aquél entonces la cadena mexicana Galavisión retransmitía domingo a domingo la totalidad de la temporada de la Monumental de México. Y yo veía todas las corridas. Como comenzaban a las once de la noche, hora española, y eran lentísimas, la retransmisión solía terminar a las tres de la mañana. Aquello era aburridísimo, una sucesión de toros descastados y toreros sin talento. Además, como las corridas terminaban tan tarde, al día siguiente yo estaba cansadísimo en el trabajo. Pero me autoimponía la obligación de ver aquellos bodrios por estar al tanto de la actualidad del toreo mexicano. Lo único bueno que saqué de aquellas noches de insomnio, fue descubrir al Pana.

Apareció en el paseíllo con un puro en la boca, el capote sin liar, y un vestido rosa y plata con cabos negros que se caía a pedazos. En una plaza prácticamente vacía, hizo el paseíllo con mucha lentitud, recreándose. Los comentaristas decían que esa tarde se retiraba de la profesión, después de haber rogado mil veces que lo anunciaran para poder despedirse dignamente. Al parecer, se cerraba una trayectoria plagada de escándalos. También dijeron tranquilamente que le había perdido el alcohol. El siete era el número cabalístico del personaje: había llenado siete veces la monumental de novillero, se había dejado siete toros vivos y se despedía un siete de enero del siete. Lo que no sabían los comentaristas es que esa despedida iba a ser su resurrección…

El Pana hizo un brindis a las putas, que es el mejor brindis de toda la Historia, muy superior a los brindis de Cúchareso El Gallo (con quienes guarda bastantes similitudes). Tuve claro inmediatamente que estábamos ante un filósofo. Y un poeta. Un hombre al que le resbalaban las convenciones sociales y decía lo que le salía de los cojones. La verdad es que el Pana me cayó de maravilla desde el primer momento. Pero lo mejor fue su toreo. El Pana era el último torero de la Edad de Oro del Toreo Mexicano, esa que tuvo lugar en los años treinta y cuarenta del siglo XX. Un personaje extemporáneo, que había llegado a la Fiesta con cuarenta años de retraso. Y que estaba totalmente al margen de la vulgaridad que se había instalado en la Fiesta mexicana en ese momento.

La faena al toro “Rey Mago”, de la ganadería de Garfias, es uno de los trasteos más geniales que se han hecho en la Historia del Toreo. Ante un toro muy serio pero muy bueno, El Pana toreó muy despacio en muletazos interminables. Y esta trinchera tirando al suelo la muleta, una vez consumada, fue absolutamente monumental. Tenía una cadencia muy en el aire de Silverio Pérez y un trazo muy largo, como el que tuvo Capetillo. Las sanjuaneras finales eran un recuerdo de las de Luis Procuna. Y la variedad en las suertes durante los dos primeros tercios, estaban directamente emparentadas con José Ortiz y El Calesero. El Pana era un crisol en el que se fundían los conceptos de los mejores toreros mexicanos de la Edad de Oro. El impacto fue tal, que desde ese momento me hice partidario incondicional suyo. Empecé a buscar toda la información posible sobre el personaje y envié la faena a todos mis amigos. Incluso llegamos a fundarle una peña, en un día de comilona y alcohol durante las Corridas Generales de Bilbao.

Cuando vino a España, invitado por Morante de la Puebla, asistí al mano a mano que sostuvieron los dos en Carabanchel. Pero el día que de verdad me ha dejado huella, fue un mano a mano con Frascuelo en la Guadalajara española. La efeméride tuvo lugar al once de septiembre de 2014. A un toro buenísimo de Juan Manuel Criado le hizo de todo. Fue una lidia trepidante en los tres tercios, cuya culminación fue la faena de muleta, iniciada con unos péndulos espeluznantes ¡en la puerta del toril!. Y es que además, de mucho arte, El Pana tenía mucho valor. Después la faena transcurrió con esos muletazos de lentitud perezosa, que eran tan suyos. Mató mal. Pero a las peñas les dio igual. Habían transcurrido tres cuartos de hora desde el final del festejo, y al Pana no le dejaban salir de la plaza. Todos los peñistas se peleaban por abrazarle y hacerse una foto con él. Su conexión con el tendido era prodigiosa. Yo tenía (y tengo) buena relación con Manuel Martínez Erice, gerente en ese momento de la plaza de Madrid. Le animé varias veces a que pusiera al Pana en Las Ventas porque sería un espectáculo. No se decidió a hacerlo, temeroso de un percance de fatales consecuencias teniendo en cuenta los muchos años de nuestro torero y el pedazo de toro que sale en Madrid. Fue una pena.

Muchas veces me hice la pregunta ¿Cómo es posible que un torero con esa personalidad, ese arte y ese valor, no hubiera sido figura al menos en México? Así que, en una de nuestras charlas, se lo pregunté directamente al afectado. Me contó que en el año 1982, él llevaba ya tres años de matador, y Manolo Martínez, mandón del toreo mexicano, le vetaba sistemáticamente. Así que estaba en su casa de Apizaco (Tlaxcala) sin torear. En ese momento también, Manolo Chopera acababa de aterrizar en la plaza de Madrid y tenía pensado anunciar a un par de mexicanos en San Isidro. Como Chopera no estaba muy al tanto de la actualidad del toreo mexicano, pero preguntó a unos y a otros, y algunos le hablaron del Pana. Así que quiso contratarle, pero El Pana, en una crisis alcohólica, ni se dignó a recibirle. Finalmente, los mexicanos que torearon en aquél San Isidro fueron César Pastor y Jorge Gutiérrez. Esta fue la gran oportunidad perdida, porque haber estado anunciado en San Isidro hubiera sido una patada en la espinilla de Manolo Martínez. Y un Pana joven, de solo treinta años, para bien o para mal, no hubiera dejado indiferente a nadie, y hubiera toreado mucho. Y es que cuando pasa el tren, es imperdonable no subirse a él.Después llegó toda una carrera de escándalos y desencuentros, salpicada también de faenas geniales sin repercusión. 

Finalmente, El Pana fue un torero de culto, con mucha más leyenda que toreros que han toreado mucho más que él. Y ese brindis a todas las daifas, mesalinas, meretrices, prostitutas, suripantas, buñis y putas, ha quedado para los anales. Toda una patada a la corrección política. Todos brindan a los poderosos, él a quien considera conveniente y oportuno. Y la faena al toro “Rey Mago”, aquél siete de enero de 2007, es uno de los trasteos más cadenciosos, bellos y profundos, de la Historia del Toreo. Y con él, El Pana se consagró. Para siempre. Sus amigos le llevamos en el corazón.

Etiquetas:
Domingo Delgado de la Cámara Opinión
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