El nuevo libro de Carlos Abella, El verano sangriento de Hemingway (Almuzara, 2026), recoge la muy interesante y compleja dinámica de la rivalidad mantenida por Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez durante la temporada de 1959. Ambos cuñados se habían distanciado cuando el segundo prescindió de las labores de apoderamiento que tradicionalmente le había brindado la familia del primero, dando pie a un enfriamiento que se rompió a finales de la década, coincidiendo con el despegue de la economía española, que pasó de la autarquía al desarrollismo.
La obra nos ofrece datos de interés referidos al caché de Luis Miguel Dominguín en latemporada de 1951, ejercicio en que alcanzó extraordinarios niveles de actividad,completando alrededor de cien corridas. El texto de Abella detalla con precisión laestructura de sus honorarios:
“Donde más dinero cobró Luis Miguel fue en las plazas francesas de Arlés, Béziers, Nimes, Marsella y Dax, así como en los cososespañoles de Valencia o Vista Alegre, en la Semana Grande de Bilbao”
En todas estas comparecencias, Dominguín se embolsó 200.000 pesetas por festejo. Algo menor, pero igualmente significativa, fue la retribución que negoció con la plaza de toros de Sevilla, donde la empresa Pagés le abonó 150.000 pesetas por tarde, teniendo firmados cinco paseíllos de los cuales pudo cumplir cuatro, perdiendo uno por un percance.
Las 150.000 pesetas que ganó con cada una de sus actuaciones en la Real Maestranza fueron idénticas a los pagos que se anotó en Granada, Barcelona, Bilbao, San Sebastián, Murcia y Salamanca. Más bajos fueron los honorarios de Palencia o Cuenca (60.000 pesetas) o Baza (25.000 (pesetas).
Estas cifras permiten reconstruir con bastante precisión el rango de ingresos de un Dominguín que atravesaba entonces un momento de indudable poder e influencia en los carteles. El problema es que, para entender elsignificado económico real de estas cifras,
no basta con convertir pesetas a euros, ni con aplicar un simple cálculo de inflación.
Así, la forma más adecuada de interpretar estos datos es compararlos con el nivel de renta de la época, es decir, utilizando el PIB per cápita, para así entender mejor hasta qué punto Dominguín ganaba mucho más que el español medio cada vez que se vestía de luces.
Aplicando ese multiplicador, el resultado es claro. Las 200.000 pesetas que percibía en las plazas de mayor categoría equivaldrían hoy a ganar hasta 120.000 euros por corrida. Esos serían sus dineros en Arlés, Béziers, Dax, Marsella, Nimes, Valencia o Vista Alegre”.
En cuanto a su caché para Barcelona, Bilbao, Granada, Murcia, San Sebastián, Sevilla o Salamanca, la cifra equivalente sería hoy de aproximadamente 90.000 euros por festejo. En cambio, en sus contratos más humildes, firmados en las plazas de Palencia o Cuenca, la cifra de referencia oscilaría entre 12.000 y 15.000 euros.
Con cien corridas en una sola temporada, estas cifras implican que Dominguín alcanzaba niveles de ingresos comparables a los que hoy perciben algunas las grandes figuras del deporte o del espectáculo. En términos de poder adquisitivo relativo, cada tarde en una plaza importante se situaba en niveles de seis dígitos, lo que refleja con bastante fidelidad la magnitud económica de su posición dentro del toreo de la época.
Ya en 1952, cuando los Dominguín promovieron de forma más activa la carrera de un Ordóñez que ya era su cuñado por vía del matrimonio que celebró con la hermana de Luis Miguel, Carmina, Carlos Abella señala que, en base a documentación facilitada por su mozo de espadas Chocolate, los ingresos obtenidos por Luis Miguel habrían sido de 8 millones de pesetas, lo que hoy se traduciría en 4 millones de euros. Ordóñez también cerró una temporada de lo más lucrativa, puesto que firmó 74 corridas en su temporada europea, amén de una quincena de actuaciones más en su periplo americano.
El valor de la obra de Abella trasciende, como es lógico, las cuestiones económicas que se comentan en el presente artículo, puesto que el texto está centrado en cruzar la biografía de los dos cuñados con la del recordado escritor estadounidense. Pero, como es lógico, la comparativa entre los honorarios de las figuras de la década de 1950 y los sueldos que hoy manejan los “números uno” del escalafón resulta demasiado sugerente como para ser ignorada.

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