A Antonio la ganadería le corre por la sangre, las venas, es una cosa generacional, una manera de vivir que trasciende. Así su divisa, una leyenda de la tauromaquia de esas que hacen temblar solo por citar el nombre, como la entrada de su ganadería. Forma parte indeleble de la Historia del toreo. De todo eso charlamos con el ganadero después de su paso por Sevilla, donde lidió un buen toro, que fue el tercero, “Lamparillo” de nombre, que cerró el ciclo dentro de una corrida de gran interés. Y entonces respira tranquilo el ganadero en este camino en el que si algo sabe es que no puedes confiarte: “El toro, y sobre todo el nuestro, es muy cambiante”, nos recuerda.
Lidiaron un buen toro en Sevilla, “Lamparillo” dentro de un encierro en el que no nos aburrimos.
Buscamos ese toro y más. El toro fue bueno, completo, pero siempre buscas más. Siempre ve uno fallos. Como ese toro no salen muchos. Al mismo tiempo tiene que estar acompañado de otros de los que salieron. Tenemos un público diverso y quieren ver otras dificultades, que también gustan, y hay que intentar complacerlos.
¿Con qué tipo de toro disfruta como ganadero?
Disfruto con el tercero y, si es mejor, todavía más. Pero también con la corrida de toros en conjunto. Hay una parte de aficionados que quieren ver toros con dificultades. Pero disfruto con el tercero, el mismo cuarto con más fuerza.
¿Qué comportamiento del toro es el más imperdonable para ustedes?
Lo peor es el toro que sale y no dice nada. El chochón, muy noble, sin transmitir… y también nos sale. Ese es el toro que nos hace más daño. También nos sale, y algunas corridas de toros enteras. Pero la genética es así, por muchas vueltas que quieras darle: qué toro, ni padre ni madre, cuando sale el toro es un desafío tremendo a todo el trabajo que llevas haciendo durante años. El toro, y sobre todo el nuestro, es muy cambiante y te acuerdas de hace 60 años porque tiene eso en la genética.
¿Qué complejidad tienen sus toros?
El toro nuestro parece que ha pasado antes por la universidad. La lidia tiene que ser buena, si no se orienta enseguida. Y el toro complicado, que necesita poder, se puede venir arriba enseguida, miden mucho. Hay que estar con ellos seguros, firmes, y lo que vayas a hacer, pronto. Y si no sirve, andas por la cara, la gente lo va a valorar porque es un toro de Miura, le están viendo la dificultad… Y matarlo… este toro no permite estar alrededor de él a ver si rompe y no rompe. Se va a orientar rápido.
¿En el campo cómo son?
Muy complicados de manejo también. Tienes que ir muy despacio, ir tranquilo, no alborotarlos. Son como un avispero, como toques, se revolucionan. En el campo, también hay que tratarlos con firmeza, y antes de que se te vaya a arrancar ganarle la acción, mirarles mucha la cara al toro. Te dicen si se te van a arrancar y antes de que vayan a hacerlo, quitarle la idea de la cabeza, echarle un galope o tirarle una piedra para que no se te arranquen. Y con tiempo y paciencia lo vas convirtiendo. Y el que dice que no… es como en la plaza. Ya no sabes las horas que te pueden dar bregando con él. Y las vacas también. Son iguales.
¿Se pelean mucho entre ellos?
Sí. Se pelean mucho. Les gustan las broncas, se tienen manía unos a otros, sobre todo a la hora de la comida, que les damos dos veces al día. Son complicados los machos y las hembras.
Es ganadero de dinastía…
Cuando empieza la ganadería, el 15 de mayo de 1842, ha ido pasando de una generación a otra. De padre a hijo, mi abuelo y mi tío Pepe, y ahora nosotros, mi hermano Eduardo y yo, y manteniéndose ahí arriba y eso un peso. Miras para atrás… Sabemos que la afición nos espera e intentas no defraudar.
¿Alguna vez ha pensado de verdad en dedicarse a otra cosa?
Imposible querer dejarlo. Pero cuando no salen las cosas bien o hay críticas que molestan, no porque sean buenas o malas, sino porque se te escapan o van a temas personales… Pasa algo curioso cuando sale un toro bueno parece que no es de Miura y cuando sale uno malo de otra ganadería parece que ha pasado por Zahariche y yo pienso ¡si con los míos tengo bastante! Lo importante es seguir en la lucha. Y ahí estamos.
Ha sido ganadero casi sin otra opción.
Mi hermano y yo estudiamos internos en Jerez cinco años y cuando vine a Sevilla, las Navidades, Semana Santa, ya estaba uno en el campo todo el día; el verano en el campo, a caballo. Mi padre te decía poco de lo que tenías que hacer. Él sólo decía: “¿Has visto? ¿Has visto?”. No te explicaba lo que había que hacer. Había que fijarse.
¿Se pone fácil de acuerdo con su hermano?
Sí, a lo mejor no estamos de acuerdo en todo, pero con una mirada nos entendemos. No discutimos.
¿Cuántas corridas están lidiando?
Llevamos unos años lidiando cinco o seis, por problemas, dentro de un par de años aumentaremos a los siete o diez espectáculos. Tenemos un problema: que las vacas paren más hembras que machos. Es lo normal siempre en esta casa. Es curioso. Hay vacas que tienen seis o siete crías con distintos sementales y siempre son hembras. Le quitas de un toro a otro y te pasa igual. Pocas hay que solo tengan machos.
¿Cuáles son los desafíos que más le preocupan como ganadero?
Que cuando llegue la otoñada, que sea temprana, que salga la hierba. Aunque no dejes de echarles de comer. Si les refresca la sangre, lo que comen les hace más efecto. Que haga frío, pero que sea un tiempo normal. Que te venga una primavera buena y, si es larga, mejor. La hierba alimenta y lo notas en el bolsillo. Un año que no llueve y tienes que estar echando de comer y el campo seco es tremendo. Vas a caballo y cuando es un año que tienes que estar echando de comer, los animales tienen la cara triste. Este año veías la cara de satisfacción. Es lógico. Si te ponen de comer a ti también tienes buena cara.
¿Mueve los toros a caballo?
A caballo y con los bueyes. Tenemos cerca de veinte, todos machos. Los bueyes siempre los ponemos cuando empieza la temporada. Antes de encerrar la primera corrida de toros se les ponen los cencerros y cuando termina la temporada se les quitan. Siempre se ha hecho. Y cuando en la ganadería hay luto, se les quitan los cencerros. Son cosas de toda la vida de Dios, pero a lo mejor no se conocen. Son otros tiempos.
¿Cuesta encontrar gente para trabajar el campo?
Mucho. No es que tenga un gran trabajo, pero es muy sacrificado. No sabes cuándo hay una cornada a un toro y de pronto crees que has acabado y se te complica todo. Ese es el problema: un animal vivo son 24 horas al día. Es difícil encontrar gente que sepa, conocer los animales. Cuando viene un animal hay que mirarle los ojos. Se repasa el ganado todos los días, se cuenta y si falta alguno se busca a ver dónde está y si le pasa algo.
¿Habla mucho de la mirada del toro?
La mirada del toro te lo dice todo. En el campo, cuando son chicos, igual. Ahí hay que quitarle la idea de que no se acostumbre a arrancarse. Como se acostumbre a arrancarse y el caballo a correr, eso no se le olvida.

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