1928 fue un año decisivo en la Historia del Toreo. Por orden gubernamental, a los caballos de picar se les pusieron los primeros petos. Y el 24 de mayo, Chicuelo hizo la primera faena de muleta auténticamente moderna en la plaza vieja de Madrid. 1928 es un parteaguas en la Historia. Con la llegada del peto se pone fin a la lidia antigua, y con la faena de Chicuelo comienza la lidia moderna. Con el peto la suerte de varas perdió dramatismo y trascendencia, y comenzó a ser simplemente un instrumento para restar fuerzas al toro. El estancamiento del primer tercio fue inevitable, y tuvo como consecuencia la limitación del número de varas y el número de quites. Por tanto, el único camino que tuvo el Toreo para evolucionar, fue el crecimiento y la expansión de la faena de muleta.
Manuel Jiménez “Chicuelo” con el toro “Corchaíto”, de Graciliano Pérez Tabernero, hizo un faenón contemplado en pie por todo el público. Chicuelo daba una serie de pases naturales ligados en redondo y remataba con un pase de pecho. Se daba un pequeño paseo y volvía a dar una serie idéntica a la anterior. Llegó a dar hasta 34 pases naturales. Fue una faena que no tuvo nada que ver con las realizadas hasta entonces, compuestas por una docena de pases de todas clases dados en mazacote y sin ligar en redondo. La faena de Chicuelo no fue comprendida por los críticos taurinos, pero sí por el público y por los toreros. Ese concepto de faena ligada en series en redondo y totalmente quieto, será impuesta definitivamente por Manolete en los años cuarenta. Y la faena de muleta se perfeccionará enormemente y será el momento estelar de la lidia actual.
Conforme la faena de muleta se fue extendiendo, el primer tercio se fue achicando, hasta desembocar en el puyazo único actual. Sí que es cierto que en las plazas de primera se dan dos puyazos, pero más por una exigencia reglamentaria que por una necesidad de la lidia. Es la faena de muleta la que absorbe la atención de casi todos, y todo lo que sucede antes de la faena de muleta, ha pasado a ser un asunto secundario, incluso marginal. Por ejemplo, llama la atención la escasa importancia que se otorga a la suerte de varas en los tentaderos de las ganaderías. Últimamente, parece que lo único que importa es la embestida de la becerra en la muleta. Hasta hace no muchos años, se ponía a las vacas seis o siete veces frente al caballo. Ahora, como mucho se les dan tres puyazos. En muchos sitios con uno basta. Un ganadero me comenta socarronamente:
– Desde que no me fijo en el juego de las becerras en el caballo, los toros me embisten mucho más en la plaza.
Al advertirle yo de lo peligroso de su comentario, mi amigo me acusa de tener unos criterios anticuados, que ya no se llevan. También me indica de que lo importante es que el toro vaya siempre a más. Y que por lo tanto, la pelea en el caballo no define la bravura del toro. Este es el criterio mayoritario entre los profesionales actualmente. Vamos a ver si cuando este criterio se imponga totalmente, no precipita a las ganaderías en una crisis de mansedumbre, que es lo que me temo. Desde luego, por muy bravo que haya sido el toro en el caballo, si se para en la muleta, es evidente que no sirve. Pero ese toro de gran juego en el último tercio pero que ha manseado en varas, tampoco me convence. Creo que la bravura debe manifestarse (y exigirse) en todos los tercios de la lidia, me parece el criterio más seguro.
Otro factor que hay que comentar es el del crecimiento del peto y del caballo de picar conforme han ido transcurriendo los años, hasta convertirse en una fortaleza inamovible muy difícil de derribar. En este contexto la emoción y la brillantez de la suerte, suelen ser una quimera la mayoría de las veces. Al final, la suerte de varas no es más que un medio para restar fuerza al toro y que embista más despacio. Y para eso, con un único puyazo, dado desde encima de la fortaleza, suele ser suficiente. En el tendido se tiene la impresión de que la lidia empieza precisamente cuando el picador se retira. Es la suerte de varas entendida como un trámite desagradable que hay que pasar en cuanto antes. Una consecuencia de esta situación es la limitación del toreo de capa y la ausencia de los quites la mayoría de las tardes. Un puñado de aficionados románticos como los del Club Taurino Tres Puyazos o los de pequeñas plazas francesas, insisten en reivindicar la suerte de varas, y yo les aplaudo y les apoyo en todas sus iniciativas. Pero tengo la impresión de que la Fiesta va por otro camino…
Cuando he visto lidias a pie en Portugal, donde está prohibida la suerte de varas, he sido testigo de un toreo rapidísimo y atropellado, carente de cadencia y temple. El toro sin picar en Portugal, llega a la muleta con mucha aspereza, y no hay forma de torearle con sosiego. Esta es una de las causas del subdesarrollo del toreo a pie en Portugal. Por tanto, la suerte de varas sigue siendo necesaria. Pero es evidente que ahora mismo solamente tiene una función utilitaria y subordinada al toreo de muleta. Desde hace mucho tiempo dejó de ser un mecanismo para lucir la bravura del toro. La pregunta que yo me hago muchas tardes es si ha merecido la pena subordinar toda la lidia a la faena de muleta, porque la mayoría de las faenas de muleta terminan siendo larguísimas y aburridísimas. A mí me gustaría una lidia más equilibrada en la que todos los tercios tuviesen importancia y brillantez. Para ello sería necesario menos jaco, menos peto, menos puya y más entradas al caballo, en el primer tercio; y menos muletazos y menos aburrimiento en el último. Aunque sé perfectamente que mis deseos son una quimera imposible, por el entramado de intereses que gravitan sobre la Fiesta. Así que mucho me temo que la suerte de varas jamás recuperará el esplendor de antaño y continuará siendo el trámite desagradable en el que se ha convertido. Es una pena, pero es lo que hay.

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