¿Cuánto cobraban los lanceros de toros de comienzos del siglo XIX? 

por | 21/05/2026

El libro Tauromaquia Romana (Almazara, 2026), firmado por el doctor en Historia, Alfonso Mañas, rastrea la influencia que tuvieron los juegos del toro propios del Imperio Romano en el desarrollo de la tauromaquia española. Entre sus aportaciones más originales destaca la reconstrucción de distintos lances documentados en el Liber Spectaculorum de Marcial, el libro que sirve como crónica de los cien días de espectáculos con que se inauguró el Coliseo Romano, allá por el verano del año 80. En dicho volumen, el toro aparece mencionado en doce ocasiones, mucho más que cualquier otra fiera, lo que ya apunta a su relevancia en las venationes, espectáculos donde la caza del animal constituía el argumento  principal. 

El libro traza una larga genealogía de suertes. Explica el uso preliminar de escudos o capas que, a la sazón, fueron antecedente de capote y muleta. Retrata distintas suertes sacrificiales, amén de recortes o saltos que evocan lo que hoy vemos en encierros y festejos populares. La obra presenta también evidencia de distintas muertes de lanza, recogidas no solamente en textos de la época, sino también en mosaicos o relieves del siglo III. 

En España, imágenes de finales del siglo XV en la catedral de Plasencia y el monasterio de Yuste muestran una nueva evolución en la ejecución de la suerte, al presentar al héroe armado con una lanza de menor tamaño y dotado con una capa que hace la manera de engaño. El útil fue adornado y la suerte, más popular en el norte que en el sur, comenzó a ejecutarse a dos manos en Logroño en torno a 1691, al hilo de los festejos celebrados en honor de Carlos II. Huelga decir que este fue, probablemente, el nacimiento de lo que hoy concebimos como el tercio de banderillas.

En clave de economía taurina, asunto al que siempre presto especial atención por ser la llamada “ciencia lúgubre” mi ámbito habitual de trabajo, es importante recalcar que el libro ofrece información sobre la retribución de quienes ejecutaban estas suertes. Por ejemplo, el lancero Esteban Rodríguez, apodado el Tuerto de Magán, cobró 2.000 reales por sus actuaciones en corridas formales durante la segunda mitad de la década de 1810. 

Para calibrar qué significaría hoy esa cifra, podemos compararla con el jornal de un trabajador común de la época, que ganaba entre 5 y 8 reales al día, lo que situaba el sueldo de Rodríguez en una horquilla de entre 250 y 400 jornadas de trabajo ordinario. Trasladado a valores actuales, y tomando como referencia el salario mínimo interprofesional de 2025, esos 2.000 reales se moverían ahora en torno a los 20.000 euros, honorarios nada desdeñables. 

Sin embargo, el auge de la lidia formal fue arrinconando progresivamente este tipo de lances. De hecho, en 1836 trasciende que el Ayuntamiento de Madrid decidió prescindir de la contratación de este tipo de especialistas, puesto que la transición hacia un toreo volcado cada vez más en la muleta. Francisco Montes explicará poco después, en su Tauromaquia, que la suerte de los lanceros “ya casi no se ve”. Probablemente, el último vestigio de esta forma de lidiar al toro, que André Viard remonta 23 milenios en el tiempo hasta la Cueva de Villars, era la festividad del Toro de la Vega de Tordesillas, extinta hace una década por mandato político. 

En el siglo XVII, conforme aquellos ritos inspirados en los juegos romanos y otras culturas mediterráneas consolidaron su fértil desarrollo en las culturas modernas de España, Portugal o el Sur de Francia, empezaron a abundar las críticas de quienes lamentaban el absentismo laboral apreciado los días de corrida, sumándose incluso Jovellanos a este prejuicio contra los toros. Lo que resulta llamativo, visto desde hoy, es que estos y otros argumentos contra el toreo llevan siglos repitiéndose sin que la Fiesta haya desaparecido, lo que quizá nos dice algo sobre la endeblez de los argumentos prohibicionistas y, por qué no decirlo, la fuerza de lo que se pretende suprimir.

Etiquetas:
Lanceros Picadores Tauromaquia
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