El descenso de las corridas de rejones en estos últimos años, es muy llamativo. Podríamos decir que el rejoneo ha sido el gran pagano de la última crisis económica que ha padecido el toreo. Hace 20 años, no había feria sin su corrida de rejones. Hasta en el último pueblo había rejoneo. ¿Qué ha ocurrido para que ahora haya tan pocas corridas de rejones?
Empecemos por los pueblos. Cuando hubo que apretarse el cinturón con el dinero a gastar en las fiestas patronales, unos ayuntamientos arruinados empezaron a meter la tijera en los toros de las fiestas. Por supuesto, no se suprimió nada de lo referido a encierros, capeas y tauromaquia popular. El concejal de festejos de turno, vio muy claro que tocar estos festejos suponía enfrentarse a los mozos, lo cual puede ser una enorme fuente de problemas. Por tanto, la presión del mocerío consiguió que los festejos populares no se tocasen. Incluso en muchos casos se incrementaron.
Con respecto a la lidia de a pie, a las novilladas y corridas de toros, la peña taurina local planteó una defensa activa desde el primer momento. Con un talante más templado que el de los mozos, los componentes de la peña taurina suelen ser personas con una opinión de peso, por ello el concejal de festejos también tuvo claro que no convenía tener problemas con ellos tampoco. Se ha podido suprimir alguna novillada puntual, pero en general, allí donde hay afición de verdad, los festejos formales a pie se han seguido celebrando.
Sin embargo, el rejoneo no tuvo ningún defensor. Y el concejal de festejos vio muy claro que se podía suprimir sin problemas. Es más, mozos y aficionados, entregaron con gusto la corrida de rejones, con tal de conservar lo que ellos querían conservar. Entonces el concejal de festejos la suprimió. El caso es que los rejones gustaban a mucha gente, por ejemplo, a muchas abuelas. Pero ellas no se organizan ni van a presionar al ayuntamiento, así que les quitaron el festejo taurino que más les gustaba.
Con respecto a las ferias importantes, esas que se celebran en capitales de provincia, la corrida de rejones fue durante muchos años la más rentable. El lleno estaba asegurado porque estaba de moda tener un par de abonos y el número de abonados era muy alto en las ferias principales. Además, los rejoneadores eran perfectamente intercambiables, y si alguno tenía la osadía de pedir un poco de dinero, se ponía a otro más barato. La gente iba a ver la corrida de rejones, y los rejoneadores en concreto daban igual. Normalmente el dueño del abono no iba a ver los rejones. Se trataba de una imposición por parte del empresario, aceptada por el abonado por el temor a perder el abono. Así que el abonado no iba, pero regalaba la entrada a su prima Mari Pili o a la portera del edificio donde vivía. Y las que recibían el regalo iban encantadas a ver “los caballitos”.
Lo malo es que los abonos se hundieron con la crisis de 2008. Cuando la cosa se pone seria y no hay dinero en la cartera, la gente opta por reducir gastos superfluos, y dejaron de sacar los abonos. Los grandes bancos, muchísimas empresas, muchas corporaciones, también tenían miles de abonos para agasajar con entradas a trabajadores y clientes. Y estos abonos también dejaron de comprarse. Las grandes ferias (salvo Madrid y Pamplona) vieron cómo se vaciaban de abonados. A partir de ese momento la gente sólo sacó entradas para corridas puntuales y con un cartel muy rematado. De repente, la corrida de rejones dejó de congregar el público que antes congregaba. Y es que de entre los ingenuos y circunstanciales públicos de toros, el de la corrida de rejones era el más ingenuo y circunstancial de todos. En otras palabras, Mari Pili iba encantada a los rejones cuando su primo le regalaba la entrada, pero cuando tuvo que pagarla ella, dijo que ni hablar. Y así fue cómo los rejones redujeron su presencia a la mínima expresión en las ferias de plaza de primera y directamente desaparecieron en muchas ferias de capital de provincia.
Aparte de la cuestión económica, también hay otras razones que han contribuido al descenso de la corrida de rejones. Ahora hay que hablar de Pablo Hermoso de Mendoza y Diego Ventura. Su animadversión y el no torear juntos en el mismo festejo, ha hecho mucho daño al rejoneo. No entro en quien ha sido el responsable de esta anómala situación. Pero si hubieran toreado juntos, el rejoneo podía haber vivido una Edad de Oro que no ha tenido lugar. También ha sucedido otra cosa, y es que los rejoneadores anteriormente citados eran tan buenos que, si no estaba uno de ellos en el cartel, la gente ni se molestaba en acudir. Por primera vez en España ha existido una jerarquía en la profesión de rejoneador. Y esta circunstancia, en principio buena, ha tenido una consecuencia evidente: o está Pablo, o está Diego. Y si no está ninguno de los dos, el cartel no interesa, mientras que hace veinte años valía cualquier cartel de rejoneadores para llenar la plaza.
Por último, hay que consignar que la corrida de rejones a la usanza española, se ha vuelto muy aburrida. Recuerdo que hace unos años, me puse a elogiar la perfección del rejoneo actual en presencia de Rafael Peralta. Él, tranquilamente, me dejó terminar, y entonces me dijo:
- Sí, pero ahora torean unas corridas de sangre Murube muy escogidas, que embisten muy templadas. Mientras que nosotros rejoneábamos los peores sobreros que iban quedando en cada plaza. Y ahora los arreglan bien arreglados, mientras que a los nuestros no les quitaban prácticamente nada del pitón. Los toros de ahora salen ya templados, mientras los nuestros te pegaban unos arreones de salida que te sacaban de la plaza.
Y tenía razón. El toro actual de rejones está demasiado afeitado. Una cosa es despuntarle y otra amputarle medio cuerno, como ahora sucede. Y esto quitá muchísima emoción. El toro de sangre Murube, tiene una clase indiscutible, pero muchas veces resulta demasiado soso y demasiado fácil. Dos rejones de castigo que son dos arpones de ballenero, paran al toro desde muy pronto. Y un toro parado propicia el aburrimiento, y mucho más si el rejoneador es mediocre. La corrida de rejones debe ser revisada a fondo. El toro tiene que ser más ofensivo, recibir menos castigo y tener más movilidad. Porque un espectáculo puede ser cualquier cosa menos previsible y aburrido. Y con eso y todo, los rejones tendrán muy difícil volver a vivir la abundancia de hace treinta años, porque la situación económica es espantosa, de ruina gorda. Y en este contexto, resulta un milagro que la gente siga acudiendo a las plazas.

Volver








