Ginés Marín, el torero de Paco Camino 

por | 11/03/2026

Ginés Marín Méndez (Jerez de la Frontera, 1997) atesora todo lo necesario para ser un gran torero: inteligencia, valor templado, hechuras y clase. Domina además todas las suertes de la lidia, desde el capote a la espada. Por no faltarle, no le falta ni su cornada de espejo, la que le dio un toro del Puerto de San Lorenzo en Madrid, durante la Feria de Otoño de 2018, marcándole la cara. Ya por último, por si todo esto no fuese suficiente, recordemos que Ginés era la predilección de Paco Camino, detalle que evitaría la necesidad de más explicaciones.

Nunca olvidaré su debut con picadores en Olivenza hace ahora 12 años, cuando cortó cuatro orejas con una solvencia asombrosa y con su mano izquierda recordándome a la de José Tomás. Con la misma facilidad, salió por la Puerta Grande de Madrid el día de su confirmación de alternativa sólo tres años después. Lo hizo delante de las mismísimas narices de El Juli, padrino de la ceremonia, y que quizá se preguntó cómo aquel muchacho había podido cortarle las dos orejas a un toro en Las Ventas, cuando él llevaba años como primera figura del toreo y no había habido manera. 

Posiblemente, Morante de la Puebla se hizo la misma pregunta el 12 de octubre de 2021, cuando Ginés, compartiendo cartel con el genio sevillano, volvió a desorejar por partida doble a un toro (de Alcurrucén, como el otro), en la que sería su segunda y de momento última Puerta Grande en Las Ventas. Morante ha necesitado casi tres décadas de alternativa para conseguir lo que Ginés alcanzó por dos veces en apenas cuatro años.

Quizá precisamente por estas cosas Ginés Marín no es todavía figura del toreo. Quiero decir que hasta ahora había sufrido poco, o al menos no había sufrido lo suficiente. Con la sencillez de un privilegiado había alcanzado logros imposibles para la mayoría, y ya el colmo de los colmos es que sus suegros tengan una finca que para sí quisiera el 90 por ciento del escalafón, y en la que vive Ginés dedicado exclusivamente a su profesión y a su familia. Suponer que provoca envidia insana es quedarse corto. 

Me alegro, por tanto, de que -pese a lo injusto del asunto- lo hayan dejado fuera de Sevilla y Madrid, pues no veo otra manera de poner a este señor entre la espada y la pared para que saque lo mejor de sí mismo. Acusado con insistencia de frío de cuello, no lo había visto especialmente alterado ni aquella vez en la que se marchó a la enfermería por su propio pie y con la sangre cayéndole hasta la zapatilla, tras cortarle la oreja a un toro que le agujereó el muslo en Las Ventas. 

En cambio, el otro día, tras su magistral faena a un gran toro de La Quinta en Castellón me pareció verle romper a llorar refugiado en su toalla. El abrazo con su fiel mozo de espadas, Jesús Fernández, tampoco era un abrazo al uso, sino el acto final con el que dejaba atrás un invierno de incertidumbres. Las de un torero soberbio que, excluido de las ferias que marcan la temporada, sabía que la tarde de Castellón era el único clavo dónde agarrarse.

Su obra se sustentó en un temple portentoso, con el que acarició una embestida con clase, pero un punto dormida y que hubiera quedado arruinada ante el más mínimo tirón, frente al más imperceptible desajuste. De menos a más, como son las grandes faenas, la elegancia natural de su toreo alcanzó una dimensión superior en la última tanda de naturales, exquisita, con el pecho por delante y la cintura acompasada al ritmo lento del muletazo. Y por supuesto en los doblones finales rodilla en tierra, de una belleza arrebatadora, con la solera y el poderío de las lidias antiguas. En estos tiempos de arrimones y orejas baratas, es casi un milagro contemplar un epílogo de faena con tanta torería y clasicismo. Y como las cámaras de televisión siempre son grandes aliadas para los toreros buenos, el recital que consumó Ginés Marín en Castellón lo ha visto ya todo el Toreo. La primera sustitución en Valencia, Sevilla y Madrid debería ser para él. 

Etiquetas:
Ginés Marín Opinión
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