Un milagro llamado Navalón

por | 26/03/2026

Hay tardes que no se explican. Tardes que no pertenecen del todo al terreno de la lógica, ni siquiera al del valor. Tardes que parecen escritas por algo más antiguo que el miedo y más profundo que la razón. La de Samuel Navalón en la Plaza de Toros de Valencia fue una de esas.

Un milagro, dicen algunos. Y quizá no haya palabra más exacta.

Hace apenas cinco meses, el nombre de Navalón estaba asociado a otra escena muy distinta. La tarde se rompió en seco en la arena de la Plaza de Toros de Algemesí. Un novillo —era un festival, de esos que parecen menores hasta que el destino decide que no lo son— encontró el sitio imposible. El cuello. Ese lugar donde la vida circula con la fragilidad de un hilo. Allí donde pasan la yugular y la carótida, esas venas silenciosas que sostienen el milagro cotidiano de estar vivos.

La cornada fue brutal.

Durante unos segundos el toreo dejó de existir. No había faena, ni estética, ni gloria posible. Solo urgencia. Sangre. Y una pregunta que flotaba en el aire como un presagio: si llegaría a tiempo la vida.

Llegó a la enfermería sin pulso. El cuerpo ya no respondía y todo dependía de segundos que parecían eternos en la arena de la Plaza de Toros de Algemesí. En medio del caos, uno de sus hombres de confianza, el banderillero Luis Blázquez, le hablaba casi al oído mientras lo trasladaban: “Aguanta, hijo, aguanta”.

Las palabras, dichas quizá por puro instinto, resultaron tan premonitorias como conmovedoras. Porque aquello era exactamente lo que estaba en juego: resistir unos segundos más para que la vida alcanzara a llegar.

Quienes estuvieron cerca hablan hoy de centímetros. De milímetros incluso. De ese margen microscópico en el que a veces se decide todo. Si el pitón llega a entrar un poco más, si la trayectoria cambia apenas un gesto… la historia sería otra.

Pero no lo fue.

Después llegaron los días de hospital. La UCI. El silencio de las máquinas. El tiempo suspendido. El cuerpo intentando recomponerse mientras la cabeza empieza a comprender lo que ha pasado. Porque sobrevivir a una cornada así no es solo una cuestión médica. Es también una batalla interior.

Las noches, por ejemplo.

Las noches largas de hospital o de casa, cuando la adrenalina ya ha desaparecido y solo queda la conciencia desnuda de lo ocurrido. Ahí es donde empiezan las preguntas. Las dudas. El eco del miedo.

Lo que vino después solo lo conocen bien él y los suyos. Su familia más cercana. Esas conversaciones en voz baja que no salen en las crónicas. Esos momentos en los que uno se pregunta si merece la pena volver a ponerse delante de un animal que ya ha demostrado que puede matar.

Porque el toreo, después de algo así, cambia.

Antes uno sabe que los toros cogen. Es una certeza abstracta, casi teórica. Forma parte del oficio como una advertencia escrita en letra pequeña. Pero cuando el pitón ya ha pasado por tu carne, cuando te han partido por dentro y cada mañana una cicatriz en el espejo te recuerda que has estado a punto de pagar con tu vida… entonces el miedo deja de ser una idea.

Se convierte en memoria.

Por eso lo del sábado en Valencia tuvo algo de revelación. No solo por el triunfo, ni siquiera por el gesto. Sino por la forma de volver.

Porque Samuel Navalón reaparecía en una plaza de primera, en una feria de primera, y con toros de Victoriano del Río, que no es precisamente un hierro cómodo para quien necesita recuperar sensaciones. Al contrario. Aquella tarde salió un corridón de toros: serios, cuajados, con ese punto de respeto que obliga a mirarlos dos veces antes de cruzar la línea.

Y Navalón eligió el camino más directo.

Portagayola.

Hay gestos que dicen más que mil discursos. Irse a recibir al toro a portagayola después de haber estado tan cerca de la muerte no es solo una apuesta estética. Es una declaración. Un diálogo frontal con el miedo.

Como si el torero quisiera decirle: aquí estoy otra vez.

Lo impresionante no fue únicamente el gesto inicial. Fue todo lo que vino después. La actitud. La puesta en escena. Esa mezcla de juventud y determinación que a veces aparece en los toreros que todavía no han aprendido a administrarse.

Navalón no toreó con cálculo. Toreó con hambre.

Con las ganas de ser que solo tienen los que saben que el tiempo no está garantizado. Cada cite parecía empujado por una voluntad que iba más allá de la técnica. Como si cada pase llevara dentro una pequeña victoria contra aquello que estuvo a punto de acabar con él.

Había entrega. Mucha.

Pero también algo más difícil de explicar: una conciencia nueva del peligro. No la inconsciencia juvenil, sino una especie de desafío lúcido. Como si el torero supiera exactamente dónde estaba el abismo… y aun así decidiera acercarse.

Eso, en el toreo, tiene un valor distinto.

Quizá por eso la plaza entendió tan bien lo que estaba pasando. Porque más allá de la faena, más allá de los trofeos o del resultado final, lo que se estaba viendo era el regreso de alguien que había mirado de frente a la muerte y había decidido volver.

Volver al mismo sitio.
 Volver al mismo riesgo.
 Volver, en definitiva, a la misma pasión que casi le cuesta la vida.

Y ahí aparece la pregunta que siempre sobrevuela estas historias: por qué.

Por qué alguien de 21 años decide seguir adelante después de algo así. Por qué no elegir un camino más tranquilo, más seguro, más razonable.

La respuesta quizá esté en la propia naturaleza del toreo. En esa mezcla extraña de vocación, orgullo y necesidad interior que empuja a algunos hombres a buscar su lugar delante de un toro.

Hay pasiones que no se negocian.

Navalón parece hecho de esa materia.

Por eso lo del sábado en Valencia fue mucho más que una reaparición. Fue la confirmación de que hay toreros que no se miden solo por su técnica o por sus estadísticas. También por su capacidad de levantarse.

Porque a veces el toreo, como la vida, consiste exactamente en eso: en regresar al lugar donde todo pudo terminar… y empezar otra vez.

Y cuando ocurre, cuando alguien lo hace con esa mezcla de verdad, valor y juventud, el lenguaje se queda corto.

Entonces solo queda admitir lo evidente.

Que hay tardes —y toreros— que parecen tocados por algo inexplicable.

Un milagro, quizá.

Un milagro llamado Navalón.

Etiquetas:
Opinión Samuel Navalón Tauromaquia
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