Para mi amigo César Martínez Camacho
Cuando el en éter de la tarde bilbaína suena el pasodoble “Agüero” para amenizar una buena faena, aquello tiene la misma trascendencia y solemnidad que “Tocata y fuga” de Bach en el órgano del Monasterio del Escorial; o “Lohengrin” de Wagne, en el festival de Bayreuth. Aquello es grandioso. Por eso no deja de sorprenderme la actitud de muchos aficionados que van de puros y exquisitos, cuando reniegan de la música en los toros. También hemos visto a algún que otro torero ordenando a la música callar… consiguiendo que la vulgaridad de su toreo se hiciera todavía más patente. Los aficionados tradicionalistas suelen ser enemigos de la música en los toros. Y esta actitud no la comprendo, ya que la música amenizando la faena, tiene una larga antigüedad en la Fiesta.
Sí que es cierto que en un principio la música únicamente se utilizaba como animación antes del festejo y para entretener los entreactos. Pero el día 13 de mayo de 1877, en la plaza de la Barceloneta, el gran Rafael Molina “Lagartijo” hizo una faena tan buena a un toro de Ripamilán, que el Maestro Sampere, director de la banda, arrancó con un pasodoble. Y al público de Barcelona, que siempre fue muy partidario de Lagartijo, le entusiasmó la iniciativa. Esta fue la primera faena de muleta acompañada por la música. Inmediatamente, la costumbre se extendió como una mancha de aceite por toda la geografía taurina. Y desde ese momento, el pasodoble fue la música consustancial del festejo taurino. Pero las bandas que actuaban en las plazas también interpretaban otras músicas. También tocaban composiciones de carácter jocoso y popular para desactivar las broncas. Cuando se enfadaba el respetable, la banda tocaba cuplés como el de “la pulga”, o jotas como la de “la Dolores”, para que el público se pusiera a cantar con regocijo y dejara de tirar almohadillas y botellas al torero. La última vez que la banda tocó para contrarrestar una bronca, fue también en Barcelona en 1949, con el objeto de aliviar la ira del respetable sobre el entonces novillero Juanito Bienvenida. Fue la última vez que sonó la música jocosa durante el fracaso de un torero. Al parecer, se abandonó la costumbre porque a los toreros les parecía demasiado humillante. Preferían la bronca en toda su dureza.
La costumbre de tocar en las faenas también tenía lugar en Madrid con toda naturalidad. Y además la música solía cortar muy tarde, cuando el matador ya estaba perfilado para entrar a matar. Hasta la Guerra Civil la banda tocó en Madrid como en todas las demás plazas. El día 24 de mayo de 1939 se celebró en Las Ventas la Corrida de la Victoria, primera que hubo en Madrid tras la guerra. La banda tocó el pasodoble “Marcial eres el más grande” para amenizar precisamente la faena de Marcial Lalanda. Pero cuando le llegó el turno a Domingo Ortega, la banda no tocó durante la faena de muleta. Esta discriminación indignó a los partidarios de Ortega, y desataron una gran bronca. Al día siguiente, el Gobernador Civil de la Provincia de Madrid ordenó que no volviese a sonar la música durante la lidia, para evitar altercados de orden público. Porque con la guerra recién terminada, el asunto del orden público preocupaba mucho a las autoridades. Esta es la razón por la que no toca la música en Madrid durante las faenas de muleta. Por tanto, los que han dicho que en Madrid la música no toca en pro de la ortodoxia, se equivocan. Como también se equivocan los que dicen que en Madrid nunca amenizó la música las faenas.
Después de aquella Corrida de la Victoria, únicamente la banda ha tocado durante la lidia de un toro. Fue durante la primera despedida de Antonio Bienvenida, el 16 de octubre de 1966. El maestro brindó a la banda de música un par de banderillas, y en justa correspondencia la música tocó el pasodoble “Gallito”. A principios de los años noventa, cuando regentaban la Plaza de Las Ventas los hermanos Lozano, en la revista oficial de la plaza, se hizo una encuesta al respecto. La opinión mayoritaria fue la de dejar las cosas tal cual estaban y que no sonara la música en las faenas. Una pena.
Desde luego, yo no soy partidario de que la música suene a todas horas. También comprendo el fastidio de muchos aficionados cuando es una charanga mala la que “ameniza” el festejo, entonces entiendo que prefieran el silencio. Pero cuando la banda es buena y la faena lo merece, es un auténtico deleite un buen pasodoble. Por ejemplo, cuando se arranca la banda del Maestro Tejera, titular de la Real Maestranza de Sevilla, el momento es grandioso. Se agranda y se ensalza la calidad de la faena. Ahora me estoy acordando de la faena del rabo de Morante a los sones del magnífico pasodoble “Rubores”. Fue un momento incomparable. Y por haber vivido aquello, se perdonan tantas tardes de aburrimiento y desengaños.
Porque la música del toreo es el pasodoble torero. Ha surgido todo un género musical en torno a la Fiesta, que es una auténtica maravilla. Las composiciones de autores como Emilio Cebrián, Santiago Lope, Pascual Marquina, Ricardo Dorado, Martín Domingo o José Franco, no tienen nada que envidiar a la música tenida por más clásica y culta. Si los pasodobles fueran cosa de anglosajones o centroeuropeos, estarían muy valorados. Pero como los españoles somos así, y tenemos un galopante complejo de inferioridad con respecto a lo extranjero, pues despreciamos lo nuestro. Y es que la música española, empezando por sus extraordinarias zarzuelas, es de una calidad excepcional. Y hay que reivindicarlo. Y la mejor forma de reivindicarlo, es que los pasodobles sigan amenizando las buenas faenas. Y al que no le guste, que se ponga tapones en las orejas.

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