La andanada cañí

por | 23/05/2026

Madrid, años ochenta. La empresa Chopera, que gestionaba la plaza de toros de Las Ventas, sacó unos abonos para estudiantes y menores de 21 años. Por el módico precio de mil pesetitas, podías presenciar todos los festejos de la temporada madrileña. Como se celebraban sesenta espectáculos, resulta que cada corrida salía a 16,66 pesetas, una auténtica ganga. Nunca se me olvidará aquella primera localidad de la que fui abonado: Andanada 7 de sol, fila 3, número 34. 

El personal que pululaba por la andanada, hubiera hecho las delicias de psiquiatras y antropólogos, un auténtico zoológico humano imposible de juntar en ninguna otra parte. Además de los estudiantes, en la andanada se sentaban los alumnos de la Escuela de Tauromaquia. Por allí pasaban José Luis Bote, El Fundi y Joselito, entre otros muchos. Recuerdo que nos enseñaban fotografías que dejaban constancia de sus primeros triunfos por esos pueblos. También había muchos jubilados de diversa catadura, desde el abuelito simpático y benevolente, al viejo retorcido y amargado. Los aficionados tiesos, sin un duro en el bolsillo, estaban allí igualmente. De entre todos, destacaba Juan Antonio Gómez Gómez, alias “El Castizo”, con su gran sentido del humor y su devoción por Curro Romero, pasara lo que pasara. 

Para terminar de pintar el cuadro, hay que hablar de personajes de difícil clasificación. Algunos de ellos daban un toque sórdido y muy triste a la andanada, pero con otros era imposible no reírse. Recuerdo a “La Tumbacristos”. La llamaban así porque debido a su abundante pechuga, el cristo que llevaba colgando del cuello, en realidad iba tumbado entre sus pechos. Todos los viejos se ponían cachondos con su presencia, y de ella se contaban mil historias relacionadas con el oficio más antiguo del mundo. Lo cierto es que ella no abría la boca jamás y nunca dio pie a nadie para hacer nada. Es obligado hablar de Don Robustiano (así le llamábamos porque nunca supimos su nombre real). Era un mendigo que pedía en las iglesias y en el metro de Goya. Aunque en realidad sólo venía a andanada cuando la colecta se había dado mal, porque cuando se había dado bien, se compraba una barrera de sol, con un par. 

“Cara Colorá” ocupaba la plaza de borracho oficial de la andanada. Tenía el aspecto clásico de los alcohólicos, con la cara roja y una nariz de porreta llena de venas. Su olor era agrio, fétido, y siempre llevaba la misma americana raída. Se sentaba en delantera de andanada. Miraba a un lado, miraba a otro, y cuando pensaba que nadie le observaba, sacaba de debajo de la americana un tetrabrik de “Cumbres de Gredos” y se arreaba un trago sin invitar a nadie. En cada corrida caían un par de tetrabriks de vinazo peleón y barato. Un día los dedos se le hicieron huéspedes y el envase cayó al tendido, pringando a muchos aficionados. Los afrentados subieron indignados a la andanada y sólo los buenos oficios de “El Castizo” y del “Cortafríos”, libraron de una paliza a “Cara Colorá”. Zoilo, “El Cortafríos” era un antiguo legionario de pasado turbio, llamado así porque siempre iba en mangas de camisa, aunque hiciera muchísimo frío, como así sucedió en algún San Isidro de aquellos años. Su talante intimidante sacó varias veces de apuros a los estudiantes protestones, como el inefable Salva, cuando algunos profesionales del toreo subieron a la andanada con ganas de ajustar cuentas. “El Precipotes” también es imposible de olvidar. Era un abuelete que cuando el matador montaba la espada, gritaba: “no te precipotes”. Y cuando el matador cogía el verduguillo, exclamaba: “descapúllale”. Así estuvo años y años. Con estas gracias, sólo se reía él.

Pero sin duda, el personaje más entrañable era “Paquillo”. Tendría unos sesenta años, gafas culo de botella y nunca había tenido un oficio conocido. Decían que vivía de la caridad de una hermana. Se ponía en la taquilla endosando la siguiente cantinela:

-“Hermano, hoy por mí y mañana por ti, sácame una andanada de sol, que es baratilla y no tengo dinero para poder ver la corrida”.

La gente le ignoraba, pero nuestro amigo Bene, que era un santo, se compadecía de él y le compraba una localidad de andanada. “Paquillo” tenía afán proselitista, así que estaba empeñado en desvelarnos la verdad de la Fiesta a los más jóvenes. Como todo hay que decirlo, lo habitual es que llevase siempre alguna copa de coñac de más. Recuerdo que un domingo de poco público, se estaba lamentando porque el matador se acababa de dejar sin torear a un toro de bandera. Entonces se quitó la chaqueta para demostrarnos en vivo y en directo como se torea de verdad. Lo malo es que perdió pie y bajó rodando todos los escaños de la andanada, y hubo que dar gracias a Dios porque no cayera al tendido, lo que hubiera sido una muerte segura. En un rapto de vergüenza torera, con la gafas rotas y lleno de magulladuras, se levantó para proseguir su “faena”, no se me olvidará.

Con su acento andaluz, se pasaba la tarde preguntándome sobre el lugar donde habían nacido los toreros más famosos.

-“A ver muchacho, dónde nació Rafael Molina, Lagartijo”.

Yo sabía muy bien que Lagartijo nació en Córdoba, pero contestaba:

-“Nació en Sama de Langreo, Asturias”.

La reprimenda no se hacía esperar:

-No hombre, Lagartijo era de Córdoba. Eres un paquete, como no pones interés, no hay manera de enseñarte nada.

Y así nos pasábamos las tardes aburridas. Él haciéndome preguntas y yo contestando mal a propósito. Mientras tanto, Bene y el Castizo, se partían de risa, pero “Paquillo” no se daba cuenta de que se estaban pitorreando de él… También había otros personajes peculiares como “El Frankenstein”, los hermanos “Karamazov” y aquel paleto de Perales, que era un pozo negro de envidia y mala leche, de la peor gente que he visto en mi vida. Pero de ellos hablaré otro día.

El 24 de mayo de 1988, fue suspendida la corrida después del tercer toro, justo cuando había dejado de llover. Se desató una bronca monumental, hasta tal punto que la policía tuvo que intervenir. Los chavales de la andanada contribuimos al follón rajando las almohadillas y lanzando al aire su contenido. La plaza se llenó de plumas de gallina, que eran el material que guardaban las almohadillas dentro. Mis padres se asustaron, y decidieron que no volviera a la andanada nunca más. Al día siguiente, después de una severa regañina, me llevaron mis padres a sus abonos de la grada del ocho.  Nunca más volví a la andanada. Pero ahora, que me siento en un tendido bajo, alzo mi vista hacia la andanada y afloran todos aquellos recuerdos. Y es que en la andanada aprendí mucho más de la condición humana que en el colegio.

Etiquetas:
Domingo Delgado de la Cámara Opinión
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