El mejor de todos los Morantes

por | 31/05/2026

Hay toreros que marcan una época y otros que, sencillamente, la trascienden. La historia del toreo está llena de figuras inmensas, de artistas irrepetibles y de lidiadores capaces de cambiar el rumbo de la Tauromaquia. Pero muy pocas veces coincide en un mismo hombre la memoria viva de todo el toreo antiguo, la inspiración creadora del artista moderno y la capacidad de emocionar como si cada tarde fuese la primera vez que se descubre el milagro. Por eso puede afirmarse, sin exageración alguna, que estamos viviendo el mejor de todos los Morante que hayamos conocido. 

Morante de la Puebla ha alcanzado un momento de plenitud que trasciende incluso sus mejores temporadas anteriores. Ya no se trata únicamente de un torero genial, irregular o arrebatado por la inspiración. Lo que hoy aparece en los ruedos es una figura histórica que ha conseguido resumir en su tauromaquia todos los caminos del toreo clásico, todas las músicas antiguas y todos los silencios profundos que sublimaron el arte de torear. En Morante vive el eco de muchas épocas y, al mismo tiempo, una personalidad absolutamente única e irrepetible.

Las etapas de Morante

Las distintas etapas de su carrera explican perfectamente esta evolución. El primer Morante fue el de la irrupción deslumbrante. Aquel joven espada de figura sevillana (como los niños «seise» de la Catedral) y maneras antiguas apareció como un desafío al toreo moderno. Mientras muchos buscaban eficacia, velocidad y dominio técnico, él proponía pausa, con ese misterio y sabor añejo. Desde sus comienzos se percibía que no era un torero al uso. Había en sus movimientos un aire antiguo, una forma distinta de interpretar el capote y una estética que remitía a las fotografías en sepia de los grandes maestros.

Después llegó un Morante de la lucha interior. Fueron años de contrastes, de tardes sublimes y silencios incomprendidos, de genialidades inmensas y de enfrentamientos consigo mismo. Muchos no lograban entender que el arte verdadero nunca puede medirse con la regularidad matemática de otros conceptos taurinos. En aquella etapa, Morante parecía debatirse entre su inspiración y las exigencias de un tiempo que pedía estadísticas, triunfos continuados y puertas grandes. Sin embargo, incluso en los momentos más difíciles, siempre aparecía un natural eterno, una media imposible, un trincherazo o una faena capaz de justificar toda una feria o una temporada.

Esa etapa, lejos de debilitarlo, terminó construyendo al torero profundo que hoy contemplamos. Porque Morante no se hizo figura únicamente por el aplauso, sino también por la reflexión, por la búsqueda constante y por la fidelidad a una idea del toreo que jamás traicionó. Nunca renunció a su personalidad. Nunca se dejó arrastrar por las modas. Mientras el toreo evolucionaba hacia terrenos más previsibles, él siguió defendiendo la improvisación, el sentimiento y la emoción auténtica de un arte ancestral .

Y entonces apareció este Morante definitivo, seguramente el más importante de todos. El torero que hoy pisa las plazas ya no necesita demostrar nada. Torea con la serenidad de quien ha comprendido la esencia de su arte y con la autoridad de los elegidos. Cada tarde parece escrita por la memoria del toreo entero. En un quite suyo puede adivinarse la elegancia de Juan Belmonte, el temple de Curro Puya, la gracia sevillana de Pepe Luis Vázquez, la profundidad de Rafael de Paula o la naturalidad eterna de PepinMartínVázquez. Pero todo ello pasado por el filtro inconfundible de Morante, que no imita a nadie porque ha conseguido convertir la tradición en creación propia.

Ahí reside precisamente su grandeza histórica. Morante no es un arqueólogo del toreo ni un simple evocador del pasado. Es un creador absoluto. Ha tomado las distintas tauromaquias antiguas para fundirlas en una expresión personalísima, contemporánea y viva. Su capote tiene música, su muleta tiene cadencia y hasta sus silencios poseen significado. Hay toreros que ejecutan las suertes y otros que las interpretan; Morante directamente las transforma en emoción estética.

Las grandes generaciones del pasado pudieron disfrutar de Joselito, de Belmonte, de Manolete o de Antonio Ordóñez. Nuestra época tiene la fortuna de asistir a las faenas cumbres -obras maestras- de Morante de la Puebla. Y quizá el tiempo, que siempre pone cada cosa en su sitio, termine situándolo en un lugar todavía más alto del que hoy imaginamos.

Lo verdaderamente extraordinario es que Morante ha conseguido reconciliar al toreo con su dimensión artística y cultural. En torno a él vuelve a hablarse de inspiración, de belleza y de sentimiento. Sus tardes ya no se miden únicamente en trofeos, sino en momentos que permanecen grabados en la memoria colectiva. Cada faena importante suya deja la sensación de haber presenciado algo único.

Estamos, sin duda, ante el mejor de todos los Morantes. El más maduro, el más profundo y el más completo. Un torero en el que se resume toda la historia del toreo y que, al mismo tiempo, ha sabido escribir, con letras de oro, una página propia . Gracias a él, la tauromaquia vive una de sus épocas más luminosas. A través de Onetoro TV hemos podido presenciar sus últimas y más memorables faenas en la Real Maestranza, como la del rabo o la de la silla. Por eso, en esa tarde de Corpus, 4 de junio, Morante recordará a aquél niño «seise» que soñó con ser torero junto al Guadalquivir.  Y quienes tenemos la suerte de verlo en directo sabemos que estamos asistiendo a algo que muy pocas generaciones pueden contar: la plenitud de una figura eterna.

Etiquetas:
Morante de la Puebla Opinión
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