Juventud divino tesoro

por | 29/06/2026

Los aficionados a los toros que fueron jóvenes durante la Edad de Oro, en su vejez todos coincidían en que los años de Joselito y Belmonte fueron los mejores de toda la Historia del Toreo. Recuerdo oirles hablar en la plaza de toros de Madrid durante mi infancia. Seguramente, vieron muchas menos veces a José y Juan de lo que decían, porque en España los toros siempre fueron un artículo de lujo y la gente joven nunca ha llevado dinero en los bolsillos. Pero no importaba, aseguraban que habían visto todas las actuaciones de sus ídolos en la plaza vieja. Y a pesar de los muchos años transcurridos, defendían a sus toreros con muchísima vehemencia, mientras despreciaban a las generaciones de toreros que habían ido apareciendo después. En el colmo del absurdo, había viejos que hacía mucho que no se hablaban por discusiones y peleas que habían tenido lugar muchísimos años antes. 

La generación de mi abuelo, la que hizo la Guerra Civil, sentía una enorme nostalgia por Manolete, fue el torero de toda una generación de españoles. Hasta tal punto Manolete fue importante, que todos los españoles que vivieron esos años, recuerdan perfectamente dónde estaban y qué estaban haciendo cuando se enteraron de la muerte de Manuel Rodríguez Sánchez en Linares. Los manoletistas sentían una identificación con su ídolo rayana en el misticismo religioso. Las críticas que se hicieron después a Manolete por los críticos ultraortodoxos, fueron recibidas por los manoletistas con el mismo estoicismo del que hacía gala su torero, con un desprecio lleno de displicencia. Ante los grandes toreros que fueron surgiendo después del ídolo caído, movían la cabeza de un lado a otro, mientras musitaban: “sí, pero no como Manolete”.

Paco Camino y El Viti fueron los toreros de la generación de mi padre. Con ellos toreaba El Cordobés muchas veces, pero eran Camino y El Viti los toreros favoritos de los buenos aficionados. El que tenía a Camino como torero favorito, tenía a Santiago Martín como segunda opción, y viceversa. Yo alcancé a ver torear a los dos de niño. Y recuerdo que entonces no tenían el aura de santidad que han tenido después. De Camino se criticaba su displicencia, más conocida como “la mandanga”; y del Viti se decía que era muy machacón e insistente, también se criticaba su querencia por las ganaderías más blandas. Fue una vez retirados cuando se les subió a los altares. Todos se dieron cuenta de la grandeza de tan insignes lidiadores. Y en ese momento, también se empezó a revisar la figura de Antonio Ordóñez, hasta ese momento intocable, y que había sido el torero favorito de la generación puente entre la de mi abuelo y la de mi padre.

Todo esto viene a cuento porque en una comida que tuvo lugar hace poco, y en la que estuvieron presentes unos cuantos buenos aficionados y varios buenos toreros, ya cerca de cumplir sesenta años, resulta que la época favorita de todos nosotros habían sido los años ochenta, aquellos años en que además de aficionados bisoños, éramos adolescentes. Se habló de la reaparición de Antoñete, de la personalidad de Paco Ojeda, de la seguridad de Espartaco, de las faenas magistrales de Manzanares y Capea, con la misma veneración con la que mi abuelo hablaba de Manolete. El tono de la conversación era cariñoso y entrañable, no tenía nada que ver con ese tono escéptico y desabrido con el que antes habíamos despachado la actualidad taurina. El comentario detallado, desde las fechas, al color de los vestidos, hasta el nombre de los toros, indicaba el amor que se sentía por esos recuerdos; mientras nadie recordaba con precisión festejos que había presenciado la semana pasada. Todos nos instalamos en el mundo brumoso de la nostalgia y nadie tenía ninguna gana de regresar al presente. Cuando yo recordé que ahora mismo Morante de la Puebla torea como nadie ha toreado nunca, todos me dieron la razón, pero alguien dijo:

– Sí, tienes razón. Pero en conjunto prefiero los años ochenta.

Y todos asintieron, todos asentimos. Al parecer Morante había llegado tarde a ese rincón del corazón donde se guardan los mejores sentimientos; y a ese rincón de la cabeza donde se guardan los mejores recuerdos. Es evidente que la nostalgia ocupa un lugar muy importante en el mundo del aficionado a los toros. Creo sinceramente, que la época de la Fiesta en la que nos tocó ser jóvenes, no tiene la importancia histórica que la Edad de Oro o los años de Manolete. Y así se lo hice saber a mis contertulios. Pero “la época nuestra” fueron los años ochenta, y eso la hace tener un atractivo maravilloso, que nos empuja a ver y coleccionar todo lo referido a esos años, mientras el presente lo miramos con bastante más indiferencia. “De los de ahora, sólo me mueve Morante”, dijo alguien. Y otra vez, todos volvimos a asentir. Poco a poco, y sin darnos cuenta, estamos empezando a ser abuelos cuentabatallitas, que dan el coñazo con sus recuerdos gloriosos a los aficionados jóvenes.

Pero ¿qué coño tiene la nostalgia? ¿Cuáles son sus ingredientes? ¿Porqué tenemos una relación tan fría y tan desapasionada con el presente? 

En todas las épocas ha habido unos cuantos buenos toreros que toreaban bien, y una muchedumbre de tumbatoros que imitaban lo que veían a otros. El aserto de “corrida de expectación, corrida de decepción”, no fue inventado ayer. Siempre abundaron las corridas malas y aburridas. En todas las épocas hubo muchos problemas, producto de los intereses contrapuestos de los participantes en la Fiesta y de la inseguridad de una Fiesta que únicamente se mantiene por el flujo de taquilla, y a la que afectan factores económicos, políticos y de toda índole. Pero parece que todo lo malo lo borra el paso del tiempo y solo queda lo bueno… 

Es evidente que el historiador taurino debe desprenderse de toda nostalgia y escribir acudiendo a las fuentes de la época y no a los recuerdos deformados suyos o de otros. En realidad, la nostalgia es como ponerse unas gafas de lentes deformantes, que idealizan el pasado e impiden ver la realidad tal y como fue. Y es. La Fiesta de los Toros, con sus altibajos inevitables, en realidad es un proceso de mejora constante. Y ahora es cuando mejor se torea al toro más bravo de la Historia. Esta es la realidad objetiva.

Lo que sucede es que ¡ay! ya no somos jóvenes. Cuando nos peinamos todas las mañanas, vemos nuestras canas. Ya tenemos una trayectoria vital amplia, con sus momentos buenos, pero también con sus renuncias y sus fracasos. Nuestros ojos empiezan a estar cansados por haber visto lo mismo muchas veces. Sin embargo, hace cuarenta años, nuestros ojos estaban vírgenes y todo nos impresionaba. Esas impresiones quedaron grabadas para siempre en nuestra memoria. Esas primeras emociones que arañaron nuestro corazón, quedaron en él para siempre. Es el tremendo impacto de las primeras veces. Además, vivíamos sin preocupaciones. Todavía no sabíamos lo que suponen los problemas en el trabajo, no sabíamos de responsabilidades, no sabíamos de envidias ni traiciones… éramos ilusamente felices. Y cuando nos refugiamos en la nostalgia, la excusa es tal o cual torero, pero en realidad vamos en busca de aquel sentimiento de dichosa ingenuidad destruido por el paso de los años.

Y es que como dijo Rubén Darío:

Juventud, divino tesoro, que te fuiste para no volver…

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